No me quites mi hogar, no me robes mi ciudad.

Deseando que el miedo desaparezca, permanezco debajo de la mesa, en mi comedor. Esperando no caer en desesperación ante el curso del reloj y del temor que me absorbe con tan solo pensar en traspasar el umbral de mi puerta, la cual lleva casi una eternidad cerrada. No he visto la luz solar, no he visto sonrisas volar por los aires, así como las típicas muecas y desaires. No tengo razón de la existencia plenamente humana. Solo me encuentro, sólo aquí, bajo el cobijo de mis tormentos.

Nunca pensé que fuera así. Una mañana salí al trabajo, una oficina dentro de un complejo de edificios. Llegué y como siempre saludé a todos. Como siempre esperé la respuesta y me dirigí al ascensor. Deseando mi paga, deseando salir de vacaciones. Deseando muchas cosas, deseando verlos. Llegué a mi cubículo y, con la misma cortesía, me dirigí hacia mis presentes. Recuerdo un vago escalofrío, un crudo presentimiento que me llenó de pavor. Aun con todo, seguí con mi labor.

Leyendo y esperando el turno de la comida, empecé a observar a través de la ventana. Nunca me imaginé de lo que esto sería antesala. Sin conmoción volteé hacia mi computador, y el siguiente movimiento ejecutado por mi cuerpo fue el acto de las cuclillas, pero forzadas. Lo siguiente fueron gritos, fueron llantos y órdenes llenas de odio, llenas de rencor y presunción.

Todo se detuvo al instante en que sentí calor dentro de mi cabeza. Después de eso, no sé qué fue lo antes ocurrido. Sólo me visualicé en casa, con mi familia, alegre de la seguridad brindada por un trabajo estable y seguro, trabajo en el cual no daño al próximo. No robo, no mato y no violo, esos son mis parámetros, por muy lunáticos que parezcan.

Luego, salí de ese letargo, lo siguiente en la escena de mi vida cotidiana (ahora alterada) fue un lleno total de adrenalina, la cual corría por mis venas.  Corrí como si no tuviera el agotamiento producto del estrés carcomiendo mi cuerpo. Lo que lograba ver era completamente la histeria y el pánico colectivo cobrando vida y cobrando vidas. Choques y tiroteos. Muertes que no debieron tener lugar ni momento en ese aquí y ahora. Entre todo, logré ver a un hombre de fe, firme, con el claro poder de Dios dominando su ser. En ese momento desee tener fe y no dejar todos esos asuntos a mi razón, mi mente, lo que ahora es causa de mi tortura.

Llegué a mi casa, y no sé aun como lo logré. Toqué la puerta y la sonrisa hermosa, aquella sonrisa que me cautivó hace catorce años atrás, me recibió. Entré y alteré la paz que reinaba. Mi hijo, quien traía puesta su mochila, presumo que apenas emprendería camino a la escuela, estaba detrás de ella. Sin embargo, él me desconoció.

En cuanto entré los empujé, llevándolos al cuarto. Sin explicación ni cordialidades, los dejé a su suerte en lo que para mi sería un sitio lleno de seguridad, y fui a sentarme al sofá de la sala.

Apenas encontraba un momento de paz, un momento en que, a manera de catarsis, todo mi miedo, todo mi dolor desaparecía cuando de repente escuché que el cristal del ventanal se rompía. Fue cuando pensé que el vecino no estaba tan errando cuando me sugirió que pusiera protección a la casa. Ahora lo estético cobraba factura a la lógica y a la moral. Ahora era cuando debía mostrar mi valentía, tomar el papel de hombre de la casa.

Sin más, y con la gallardía de un caballero novelesco, corrí hacia el comedor, y, debajo de la mesa, me escondí. Di por obvio que mi esposa e hijo estarían seguros en el cuarto, sitio de seguridad y, además, confort. Supuse que, ante mi acción, ellos verían películas, o se consolarían mutuamente. Pensé que, con el seguro de la puerta era suficiente… en ese momento un escalofrío, parecido al que mi espina dorsal había sufrido horas anteriores durante este día, este corto día que, a pesar de su avanzar, parecía como si hubiesen pasado décadas de vida. Y es que, como hombre minúsculo a los detalles, olvidé poner seguro al cerrojo. Luego de esto, el miedo y ese escalofrío me invadió, me paralizó.

Nada más cruel que escuchar órdenes llenas de odio y rencor, llenas de presunción. Nada peor que sentirse atado aun cuando no tengamos cuerdas que nos mantengan, hubiera preferido estar amordazado y atado de pies y manos a estar paralizado por el miedo.

Si, vi a los violadores y asesinos de mi esposa e hijo. Si, logré ver sus rostros llenos de odio, rencor y presunción, de goce. Tanto pude ver cómo me permitió el miedo. Tanto pude ver que bastó para encontrarme como me encuentro ahora.

A pesar de todo, a pesar de no tenerlos, de no verlos, de no abrazarlos y de no tener una segunda oportunidad para protegerlos, siento que pasó lo que tenía que suceder. Ahora tengo miedo y me encuentro debajo de la mesa del comedor de mi casa. Ahora un hombre me alza, ahora un hombre me devuelve a la realidad. En esta realidad estoy encerrado, ¡sí!, protegido. En esta realidad mi familia no está. En esta realidad mi casa es un cuarto de cuatro paredes, un cuarto blanco. No tengo colchón donde dormir, ya que parece que toda el área es un gran colchón blanco. Ahora viene ese hombre, que me hace dormir. Ése hombre, el que me quitó mi hogar, me robó mi ciudad, pero ahora me regaló una oportunidad.

27/08/11

The girl with kaleidoscope eyes

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